Un cliente, un registro

 Un producto, marca, servicio, cartel, etc., puede ser sobrio, barroco, tendencioso, duradero, lujoso, ecológico, joven, maduro, y un sinfín de adjetivos más que el diseñador debe ser capaz de traducir al lenguaje visual. Esto se consigue mediante un conocimiento de ciertos códigos y una correcta utilización de recursos tales como las tipografías, el color, los vacíos, los formatos, las imágenes, etc. Esta capacidad del diseño de emitir valores y sensaciones sin necesidad de verbalizar lo convierte en un idioma especialmente efectivo a la hora de dirigirse al subconsciente.

Encontrar un registro gráfico idóneo para cada caso específico no es tarea fácil. Quizá es esta la razón por la que muchos diseñadores optan por apropiarse de un sólo registro o estilo y dan servicio únicamente a los clientes que se sienten cómodos con ese lenguaje. Esta actitud, que además suele venir respaldada de un firme convencimiento sobre la superioridad de un código concreto, se ve, desgraciadamente, premiada por numerosos galardones de diseño que tienden a fijarse más en valores cercanos a una idea romántica del arte que a la realidad práctica del diseño.

Y es que, adecuarse al lenguaje de cada público o sector, supone, a menudo, superar nuestras propias preferencias (e incluso prejuicios) en un ejercicio de empatía. Es igual que cuando uno tiene que hacer un regalo; el truco para acertar siempre está en ponerse en la piel del otro independientemente de que compartamos sus gustos o no.

Acertar con el lenguaje que mejor define un producto y comunicar su esencia al público de una manera directa requiere, en primer lugar, de una extensa cultura visual que permita reconocer las características propias de cada lenguaje gráfico así como las modas y las tendencias. En segundo lugar, debe apoyarse en una metodología que ayude a asegurar el tiro comunicacional cumpliendo pasos como el estudio previo del lenguaje propio de cada sector o el el análisis de los registros gráficos utilizados por la competencia.

Todo esto asegura el fin último del diseño gráfico, a saber, el comunicacional, y posibilita que el mensaje que queremos transmitir llegue de una forma más efectiva al público que nos habíamos propuesto. 

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