No tenemos claro eso de que una imagen vale más que mil palabras. Lo que sí es seguro es que la imagen puede llegar a ser mucho más eficiente a la hora de explicar ideas complejas y, en lo que a ideas complejas se refiere, la ciencia se lleva la palma. Dentro de los factores que hacen de la ciencia algo difícil de asimilar destaca el carácter específico tanto de los temas que trata como del lenguaje que utiliza. Por otro lado, el hecho de que a menudo se mueva en universos abstractos, invisibles, macro o microscópicos alejados de nuestra memoria experiencial la hace más confusa. Esta situación crea una brecha entre el científico y el público que devalúa el esfuerzo, el tiempo, el material y los recursos invertidos. A día de hoy, difundir y publicar es –aquí nuestras condolencias– una obligación que se suma al trabajo del científico, que no es otro que el de generar conocimientos. Pero para poder conectar con un público más amplio la ciencia tiene que enfrentarse a términos tan alejados de sus competencias como son la persuasión, la estética o la seducción. Es aquí donde los diseñadores y comunicadores nos convertimos en buenos aliados a tener en cuenta. Y una de las herramientas más útiles con las que contamos para explicar temas complejos haciéndolos más cercanos y motivadores son las infografías y las ilustraciones, que destacan por su capacidad de:

  • Concretar la abstracción
  • Mostrar “otros mundos”
  • Decodificar lenguajes
  • Sintetizar y clarificar sistemas complejos
  • Embellecer y hacer la información más atractiva

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